PAZ INTERIOR

  El fin de semana pasado, como cada año, fui al cementerio a cumplir con los que se me fueron. Ya saben: flores, limpieza de cada lápida y, sobre todo, un momento de intimidad con ellos. Siempre que voy –bastantes más que Tosantos hay- me pasa igual: se me desbordan los sentimientos, aparecen los recuerdos y, con ellos, alguna sonrisa –porque solo recuerdo a los míos con alegría– y, desde luego, alguna lágrima callada que esconde la rabia de que se perdieran la sonrisa de una biznieta, el buen discurrir de sus nietos, los encuentros familiares y, también, lo que dejamos de gozar los que nos quedamos por no vivirlos más tiempo. Cada día que pasa valoro más el cariño que sembraron entre nosotros, sus esfuerzos y sacrificios, su entrega, sus desvelos, su ternura…

  De regreso al pueblo, me envuelve una paz interior indescriptible. Creo que ellos, desde donde estén, también son felices.

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