ARBOLITO, ARBOLITO CARGADO DE FLOR…

  La tarde está desapacible, borrascosa. Llegan trazas racheadas de lluvia que aliadas con viento de impetuoso silbido, se entremeten en las ramas de los árboles –unos con su vestido habitual, otros aún desnudos y algunos empezando a florecer- dibujando sobre el fondo verde del campo un cuadro que invita a la relajación, a la placidez hogareña.

  Desde la ventana veo –bueno, es un decir, más bien intuyo, intento adivinar- las flores del damasco que hace un par de días -durante la tregua entre Emma y Félix, y la borrasca de ahora, Gisele- lucían esplendorosas y ahora se muestran ajadas y maltrechas.

  Nunca se me olvida el día de la Encarnación. Un día especial. Y no precisamente por los vientos ni el dicho, aunque ayudan a fijarlo. Este año, con estos vendavales,  parece que se hubiera adelantado. Pero no es así: el 25 de marzo, siempre será el 25 de marzo, el día de la Encarnación.

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