MIENTRAS TE CANTO UNA COPLILLA (3)

 Por estas fechas se andaba con la siega, pero este fin de semana hace calor de trilla.

Hace cinco años, en el Centro Social de Encinasola -cerrado hace meses y del que sigo reivindicando su apertura-, en las horas centrales del día, con temperaturas como las que tenemos este fin de semana, la conversación discurría, como siempre, con desenfado. Sentados en torno a una mesa, varios hombres de edad avanzada y jóvenes de espíritu.

   –No se puede estar ni a la sombra –dice uno mientras mueve la cabeza y se muerde el labio de abajo para enfatizar.

    –Eso es que ya no te acuerdas de cuando estabas trillando en El Rodeo –responde otro, mientras acerca el fresco botellín de cerveza a sus labios y al abrigo, nunca expresado con mayor ironía, del barrido de aire del ventilador situado en la pared próxima a la parte final del mostrador.

    –Sí, porque tú esta mañana ya has entrado en casa seis costales de trigo y dos barcinas de paja –dice el primero al envite, con sorna.

    -Eso tenía pensao, pero cuando fui a cargar las barcinas se rompieron las cangallas, la mula se espantó y se formó la gordísima… así que me vine pacá –todos reímos.

  El paisaje humano y sentimental de esta gente es apasionante. Arrugas, pelo cano, el reposo de los años, la sobriedad de la sabiduría popular… A estas alturas, sin nada que perder, son voces sin perjuicios. Cuando recuerdan el pasado, los ojos les denuncian: sus miradas se pierden en el tiempo, se trasladan al pasado y recuperan escenas, situaciones, emociones… Enciclopedias vivas. Sin editar.

Fotografía: José María Santos

 

El hombre en el centro de la era con sombrero y pañuelo al cuello, las bestias girando a su alrededor -se trillaba a pezuña– y el sol, implacable, achicharrando desde arriba. En este marco, para avivar las bestias, entretenerse en algo, espantar el sudor y retar la sequedad de la garganta, cantaban. Estos con los que compartía cerveza y conversación en el casino, como saben que me gustan, me regalan unas coplas de trilla de las que se cantaban en Encinasola, adornadas con comentarios jocosos y desenfadados.

Para trillar con bestias,

pa arar con bueyes,

para dormir a gusto,

con las mujeres.

Mientras mi madre en misa

vino mi novio: 

¡Ay! si la misa durara

hasta el otoño.

¡Arre! mulilla torda, cascabelera

a la hija del amo quien la cogiera.

Quién la cogiera, niño, quién la cogiera

donde se junta el Sillo con la Ribera.

A esa mula de punta

le gusta el grano;

aligera y no comas 

que viene el amo.

Cuanta más calor, mejor para trillar. Entre cante y cante, y vuelta y vuelta, quedaba lista la parva. Un pienso a las bestias y, por la tarde, la mujer aprovechaba la proximidad para llevar un buche de café al marido. Los piques de unas eras con otras, habituales. En tono burlón -quizá la primera vez tuviera sentido-, después de la visita de la esposa se oía una de las caidillas más comunes entre copla y copla:

¡Aire, más aire!

Mi marido en la era

yo con el fraile.

    Esta gente cuando empieza a cantar, no para. Yo, como no cansarte, lo dejo aquí.

Al paso de las bestias

yo canto coplas;

cuando se acaba una, 

empiezo otra.

Quizá los conoces sobradamente, o no los oíste nunca, pero los cantos de trilla, tienen su encanto. En Encinasola se cantaban de forma muy similar a como lo hace aquí Joselete de Linares. Te pongo en situación: sin instrumentos musicales de ningún tipo -de fondo solo el penetrante canto de las cigarras-, garganta seca, sol abrasador, cante lento y tortuoso, sin prisas… 

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