MIENTRAS TE CANTO UNA COPLILLA (26) Mirlos.

¿Recuerdas la pareja de mirlos de que te hablé cuando escribía el diario de un confinado? Criaron dos polluelos y se fueron. Dicen que se van al norte, a latitudes más frescas. Sabe Dios cuantas venturas y desventuras pasarán en esos largos desplazamientos.

A principios de esta semana volví a oír su melódico y armonioso canto. Salí en su busca y, no sin trabajo, pude verlos. El macho con su reluciente plumaje negro -leí que lo cambian durante el verano-, su inconfundible pico amarillo y su larga y nerviosa cola, cual abanico en manos de un niño inquieto.

Ella, la hembra, siempre distante y prudente, tiene un plumaje marrón que disimula su pico. Intuyo que se encarga de las labores de reconocimiento. Parece la estratega. Merodea por los alrededores del nido -esa taza de ramas y tierra laboriosamente construida para dar vida-, quizá valorando si retocarlo o hacer uno nuevo.

No paran. Aunque su permanente excitación puede engañar, se percibe que no se les escapa nada. Vigilan el entorno, la comida, a mí… Saben que la temporada pasada les fue bien y tienen comida asegurada: el olivo del jardín está cargado, aunque los violentos vientos del martes lo aligeraron de peso.

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Hace algún tiempo que quiero ponerte música de Los Indios Tabajara. Para la ocasión pensaba en El Pájaro Campana, pero tropecé con María Elena que tantas veces tocamos Los Múrtiga y tantos recuerdo me trae.

Te sitúo: noche de verano, feria de cualquier pueblo de la Sierra de Huelva, cuatro de la mañana, llevamos cinco horas tocando y en la caseta solo van quedando parejas que bailan; sus cuerpos se entremezclan, se funden al compás de la música, con movimientos suaves, tiernos y acompasados… Acaba la canción, breve pausa, un respiro y, entonces, José Luis o Jesús, empiezan a puntear María Elena y, él o ella, canta en su oído «tuyo es mi corazón…«

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