DIARIO DE UN CONFINADO (7)

Día 7. 20/03/20. Viernes.

No salía de casa desde el sábado pasado. Hoy había que reponer pan, fruta, pescado… ya sabes. Todos los sábados suelo salir a hacer la compra pero, ahora, no es igual, hay que elaborar una estrategia y un protocolo: dónde voy que haya menos gente y lo encuentre todo; qué hora es la más adecuada; ¿mascarilla, guantes de látex, gel antiséptico…?; qué ropa me pongo -estoy avisado que en cuanto llegue todo va a la lavadora y yo a la ducha-; piensa uno en cómo comportarse –distancia de seguridad, no tocar alimentos que no vayas a llevarte, procurar utilizar la tarjeta en vez de dinero; ser breve…-. No sé si somos demasiado tontos o muy listos.

Yo sigo apostando por la Plaza de Abastos y las tiendas de barrio pero, finalmente, acabé en Mercadona, como casi todo el mundo.

Poca gente por todas partes y las tiendas y puestos con abastecimiento razonable. Conseguí un kilo de gurumelos y este mediodía empezaremos a dar cuenta de ellos.

En la Plaza me encontré con la madre de un alumno y –aunque lo habitual es que estos encuentros se conviertan en una tutoría de aquí te pillo y aquí te mato- hoy, simplemente nos saludamos desde la distancia.

¡Qué locura! Cuando salí a comprar, me despedí de Esperanza como si fuera a hacer una gran gesta, a exponerme a un gran peligro, como si marchara a la guerra. Me sentí como el soldado que se despide para librar la batalla. Fue entonces que recordé una canción que cantaban los soldados españoles cuando, tras su pérdida, regresaron de Cuba –más se perdió en Cuba, y venían cantando, que se dice desde entonces-. Hoy la comparto aquí. No es la versión que más me gusta, pero entiendo que para la ocasión es la más adecuada.

Y el jarro de agua helada: 20.320 diagnosticados; 1.029 personas muertas; 1.588 pacientes dados de alta. Si podéis, no salgáis.

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